En Mi Mundo Interior | ¿Cuál es el sentido de la vida?
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— ¿Cuál es el sentido de la vida?

Uno de los misterios que el ser humano ha intentado desvelar, desde el principio de los tiempos, es el de conocer el sentido de la Vida. ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué estamos buscando? ¿ Por qué hemos venido? ¿Habrá algo después de la muerte? Yo, como para casi todo, tengo mi propia teoría.

 

Estamos aquí para ser felices, para aprovechar cada instante como si fuera el último, para acumular vivencias y experiencias, que son los únicos tesoros que nos llevaremos. Estamos aquí para intentar ayudar a los que te rodean, para escuchar a la gente que lo necesita, para compartir confidencias, para amar, para tener hijos, para perdurar la especie. Estamos aquí para aprender, para progresar, para crecer como seres humanos. Estamos aquí para cuidar la naturaleza, para asegurarnos que nuestro mundo sufra las menores variaciones posibles. Estamos aquí para cultivar nuestro cuerpo, y también nuestra mente, para aprender de lo que sucedió en el pasado, y mantener viva la llama de la humanidad, pero también para dejar nuestra huella, por pequeña que sea, en el futuro. Estamos aquí para generar felicidad, para recibirla, para reirnos, para hacer reir, para llorar, para tener tristezas y alegrías. Estamos aquí para sacarle el jugo a nuestra condición humana; para algo debe servir ser los únicos animales con capacidad de raciocinio.

 

Pero qué buscamos… Esa es otra cuestión bien diferente. A lo largo de mi vida, he podido comprobar que aquellas sociedades que tienen grandes dificultades para cubrir las necesidades básicas, son las más felices. Cuba, Brasil, India, Tailandia, Malasia, Indonesia… Son algunos de los sitios que he visitado, y escasea la igualdad económica, siendo realmente complicado para millones de personas el simple acceso al agua corriente, la luz, internet y por supuesto la comida, o el techo. Y sin embargo, he comprobado que siempre permanece la sonrisa en su cara. Sin embargo, en Europa, en sitios como Francia, Alemania, Holanda, Inglaterra o España, por citar otros de los sitios que conozco, es frecuente ver como la gente camina con un semblante serio, sus chaquetas de marca, escuchando música en su iphone, y en muchos casos con una oronda panza, que refleja que para comer no les falta. Y ahí es donde surge el problema, una vez que tenemos cubiertas nuestras necesidades básicas, ya sea por recursos propios o producto de la beneficencia, servicios sociales o incluso de la amabilidad de nuestro vecino, siempre queremos algo más. Y ese algo más, es lo que nos genera la infelicidad. Queremos una casa más grande, un coche mejor, otro móvil, o simplemente un nuevo modelo de las All Star, miramos nuestra cuenta, vemos que no nos llega, y nos joroba la existencia.

 

Por qué hemos venido… Según mi opinión, somos producto de la casualidad, un choque genético, sin más importancia que el nacimiento de una planta, o una gaviota. Sin embargo, lo que nos diferencia de ellos, es precisamente nuestra capacidad de pensar, de escribir, de comunicarnos. Y ahí es donde elevamos nuestra existencia, a un origen divino, como si fuéramos el centro no solo de la Tierra, sino del Universo. Y en realidad, somos unos seres minúsculos, que ocupamos menos de una billonésima parte del espacio de la Tierra. Para ella, somos como microorganismos, o quizá menos. Y sin embargo, pensamos que todo lo que nos rodea es lo más importante del Universo. Y ahí es donde nace el problema, o quizá la solución.

 

Algo después de la muerte. Ahí es donde más risa me da. Son muchos años, pensando sobre este tema, leyendo, investigando y escuchando opiniones de personas que practican diferentes religiones. Evidentemente, no soy nadie para criticar las creencias de los miles de millones de seres humanos que habitan la Tierra. Pero lo cierto, es que a día de hoy, cientos de religiones buscan explicar mediante diferentes teorías, el nacimiento del ser humano, su importancia en la Tierra, así como la existencia de un ser superior, que vigila nuestros movimientos, que no intercede en ellos, y que si somos buenos, nos dará un espacio reservado para unos pocos privilegiados, donde pasaremos una feliz existencia. Los hay que hablan de reencarnación, otros lo llaman el Cielo, otros el Valhalla, y así hasta el infinito.

 

Yo pienso diferente, quizá sea triste decirlo, pero pienso que después de esto no hay nada. El fin. Se acaba la historia. La película se queda sin cinta. No hay más oportunidades. Caput. The End. Llámalo como quieras…

 

Es por ello, que tengo claro que voy a ser feliz. Que aprovecharé cada día como si fuera el último. Que el día que me muera, quiero que haya más gente que me eche de menos, de las que se queden indiferentes. Que intentaré respetar, amar y cuidar a todos los seres vivos. Que pondré de mi mano para ayudar a todo el que me lo pida. Que intentaré ser lo mejor persona que pueda. Pero que le sacaré el jugo a la vida, a “éste regalo divino”, porque cada latido que da mi corazón, es uno menos que me queda. Cada vez que vea salir el sol, no volveré a verlo igual. Cada vez que me tome un té, será la última vez que así me sepa. Que cada mañana seré un poco más viejo. Cada noche un poco más sabio. Y que cada momento será el último en que esté tan joven…

 

Porque esto va a la velocidad de la luz. Parece que fue ayer cuando era un niño. Hace un rato cuando jugaba a baloncesto en el patio del Instituto. Si cierro los ojos, puedo escuchar cómo hacía maniobras en el servicio militar. Veo cómo monté mi primera empresa. Y mi primer fracaso económico. Suspiro, y me veo empezando a trabajar en la noche. En el Ayuntamiento. En el Carnaval del 2009. Parpadeo y veo la inauguración del Monaco, y eso fue hace ya casi 3 años. El Catamarán, el calendario benéfico, ayudando a Nestor Jorge, los patrocinios de la expedición al Tibet, del equipo de baloncesto, el equipo de triatlon. Ufff. Y aún recuerdo, ésta mañana, cuando me levanté y fuí a nadar. Hasta llegar a ahora. Que ya fue. Que se expiró. Para no volver. Como cuando termines de leer esto. Que empezará el resto de tu vida. Aprovéchala. Para mi, no hay otra. Solo ésta. Una oportunidad de disfrutar, de divertirte y de sonreir. Una sola para amar. Para jugar. Para vivir.

 

¡¡¡Vive!!!

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